"Y con esto termino de hablar sobre el amor" es un libro incluido en "Sobre andamios de humo"

"Y con esto termino de hablar sobre el amor" es un libro incluido en "Sobre andamios de humo"

SELECCIÓN DE POEMAS:

Y qué
si me alimento de los muertos
que poblaron mi infancia, mitos rancios
corriendo por los sueños a escondidas
de padres y de amigos,
y hasta a veces de mí
cuando ya no quedaban artimañas
para tener en pie las fantasías.

Y qué
si no soporto esta casa nueva
en la que habitan muertos verdaderos,
padres, hermanos, sórdidos ronquidos
que hieren mortalmente a los fantasmas
que, a fuerza de rezar la noche entera,
consigo que revivan de las revistas porno.

Y qué
si se me antojan las paredes
revestidas de cuerpos tan desnudos
como mi desazón por no poderlos
amar ni sobre el clímax del insomnio.

Y qué
si sueño a veces
con que los basureros,
adornados con flores de hojalata,
recogen los deseos de las bolsas de plástico
y los devuelven íntegros, cumplidos
a sus dueños
y me los traen aquí,
por la ventana abierta,
desnudos como muertos que han bebido
de golpe el alcanfor de mi nostalgia.

Y qué
si ya prefiero esa blancura
de la piel de un cadáver en mis manos
antes que disfrazarme ante los otros
de lo que ellos quieren que yo sea.

Y qué
si necesito unos retretes,
una estación, un parque,
la esquina de una noche,
un cuarto oscuro
donde acudan en busca de trofeos
otro adolescentes engañados.

Y qué
si sólo tengo esta ventana
para mirar un mundo prohibido
que está latiendo siempre en otras manos,
en las sombras que buscan tras las tapias
fundirse sus volúmenes,
en los rastros blancuzcos que entre los soportales
proclaman que la urgencia pudo más que el amor,
que este amor que me agota y que se agota
en las fotos pegadas por el uso
a la siguiente página.

Y qué
si ya no puedo soportarlo.
Si cansado de amar a fotos muertas
introduzco mi aliento en una bolsa
de plástico y aspiro el pegamento,
y en esta irrealidad que me deslumbra
y pone mi cerebro en cuarentena
aprendo a fecundar a los fantasmas
con los que he de vivir
en esta casa nueva, llena, estéril.


Por eso no fue fácil volver al instituto cuando tú lo dejaste.
En algún sitio se me enredo tu espada, se me clavó el acero
de esa droga adictiva que consumí contigo y el permanente
síndrome de su oscura abstinencia.

Me equivoqué al pensar que esta forma de amar nunca cuartea
porque no está en su fin verificarse.

Pero dejaste un topo haciendo túneles por dentro de mi cuerpo.
Vaciándome
en cada montoncito que expulsaba ,fuera de mí el sobrante
del recuerdo.

Y para no quebrarme en tu carcoma
te busqué en otros cuerpos. Pero no fue posible desprenderme
de lo que tuve que aprender de ti:
esa forma de amar sin ser amado,
esa sabiduría imperturbable que da el amor que nunca se constata.

No existe más amor que el imposible.
Y es fácil distinguirlo. No se olvida.

Ya no puedo aceptar el amor dócil.
No soporto su cara de payaso.

Yo tengo que robarlo.
Busco el límite,
cuando no pueden más y necesitan envolver su conciencia en un
narcótico sin saber que son ellos los que caen en sus trampas,
y en el límite,
se entregan a mi expolio en su derrota sonámbulos o zombis,
como tú,  ofreciéndose en todo con los brazos inertes
para que yo decida la manera de amar.

Por tu culpa, en el límite, me abrazo a los peligros
que están en la otra orilla del deseo y me quemo en sus labios
con una sed tan agria y no me importa herirme con éxtasis con
whisky o heroína o cualquier otro cuerpo que se meta en mis
brazos con tal de que me amen como tú.

Con tal de que se dejen ser amados
aunque finjan después que nunca sucedió
lo que desde el desprecio de sus ojos
se refleja en el fondo de los míos.


El deseo, como después supimos, no había muerto con la
primera tanda.
Tanto glóbulo rojo ensimismado en trasegar sustancias al cerebro
y no nos percatamos que ese ímpetu se estaba revolviendo ante
su acoso como animal herido.

Nos sorprendió esta vez con su agonía.Supimos que iba a ser
más larga que la otra. Siempre sucede así. Nos habituamos
a ir cercando más su territorio y él, en su defensa,  se vuelve
en cada embate más suicida.

Cargamos nuestro empeño con más pólvora
y yacemos después como deshechos de una guerra
que olvida las razones
para empezar,
seguir,
o detenerse.

No sabemos no ser uno en el otro,
y en no aprender siquiera a ir enterrando la miseria
que nos mantiene juntos tenemos nuestra propia penitencia.

Hasta que el aire se hace irrespirable por culpa del olor
a podredumbre
hay que seguir,
y hay que inhalar más para saciar el ansia de acabar con el deseo.

Hasta no ser conscientes es preciso llegar para encontrarnos mas
cercanos.

Entonces serán nuestros fantasmas los que emprendan la más fácil
tarea de entregarse.

Pero ni tú ni yo somos los mismos que empezaron a abrir este pequeño
frasco donde guardamos nuestra estafa.

Él renueva el amor.
Él nos redime.
Él reverbera y todo
vuelve a ser como ambos deseamos.

El poppers, aire adentro.
Hay que apurar su ardiente bocanada.



A pesar del fervor con que la lluvia ametrallaba el cuerpo
de los coches, caminaban despacio. Parecía que venían sin
una procedencia, que se alejaban sin tener destino, como
si llegar fuera un incidente ajeno a cada paso que ambos daban.

Masticaban los últimos problemas igual que los rumiantes,
con esa lentitud que da el convencimiento de que tendrán
que ser regurgitados otra vez a la boca para seguir moliendo.

Se notaba en las líneas de sus frentes, en la escasa importancia
que daban a los charcos, en la barra de pan y en el periódico
que estaban en sus manos, inservibles.

La lluvia hace las calles más estrechas.

Ninguno de los dos se percataba de que otra vez la vida tropezaba
con ellos.

Se alzaron tan de golpe de un pozo tan profundo que llevaban
prendidos en los ojos  colgajos de la sombra en que vivían
cuando por fin clavaron sus miradas, uno en otro durante un largo
instante, y casi se sonríen.

Pareció que intentaban volver a conocerse,
volver a situarse en el mundo inequívoco.
Pero eran rostros viejos, caras nuevas, lo que vieron los dos.

Supieron que volvían de otro tiempo, de un espacio perdido
e inmedible, sin paralelos y sin meridianos, del lugar inexacto
al que se emigra cuando no se es amado y no se ama y no
se espera porque no hay razones.

Todo ocurrió muy rápido.
Aunque sin el menor convencimiento trataron de evitarse,
se rozaron los hombros.

El viento, el sol, la lluvia,
hacen siempre las calles más estrechas.

Ninguno de los dos cedió al recuerdo.
No se tendieron trampas, no aceptaron quemarse como insectos
en la antorcha que de nuevo ante ellos se encendía después de
que otro tiempo y otra lluvia la hubiesen extinguido.

Ninguno de los dos giró atrás la cabeza
y tampoco ninguno de los dos lo supo.

No vieron sus espaldas alejarse.
La lluvia, a cada paso, dibujaba
dos meridianos más de lejanía.



Los observo reír.

Se abrazan.

Beben.



Únicamente yo
concedo eternidad
a esas conductas.

Juventud. Para ellos
todo es aún la escoria

                                      de los días.

En realidad no existen. Sólo valen
para hacer más robusta la certeza
de que esta soledad
se ceba en el derroche
                                      de sus días.

La vida es la moneda
que me cubre los ojos
para pagar el tránsito al barquero.

Se me olvidó reír
y ya no abrazo.
Derrocho mis monedas en bebida
porque hoy es la nostalgia

                                    de mis días

la herencia de la envidia y del deseo.



Hoy, otra noche más, el tiempo juega.

Se divierte ocultándose, me abraza por la espalda,
me susurra al oído palabras que conozco.

Ahora es tarde, le digo. Pero él sigue jugando.
Hace ondear las sábanas, repliega las cortinas,
extrae de su chistera un deseo cansado.
Lo hilvana torpemente.

Me empuja hacia los coches que dejan en la calle
los rastros luminosos de su urgente existencia.

La noche nos encubre o nos señala.
No hay como en otros tiempos
vaga indefinición, materia, caos.

No hay nada primigenio.
La vida indesignada se parcela,
los grandes mercachifles de los dioses
al dividir obtienen plusvalías.

Nos dejan las acciones del amaos
los unos a los otros
y a los otros
y a los otros,
pero no a tantos otros como nos gustaría
para poder vivir del dividendo.

¡Ay, el tiempo!
papel mojado es entre las manos,
regulación de empleo para las esperanzas
de ser amado aún con los ojos abiertos.

El verbo se hizo carne.
Se pudrió entre nosotros.

Se afilan los extremos de la noche.
Cierro los ojos, veo
que el mundo encuentra sórdidas ranuras
para intentar fluir sin alborozo
y aquellos que deciden ser amados a ciegas
notan sobre su espalda las esquirlas del tiempo.

Aquí no hay nada mío. Ni prestado.
Ni hay apego al deseo
porque su único afán es resistir, y esa
es la guerra más cruel que me declara.
Se tiene en pie
con voluntad ajena a quien lo expira.
Me abrazan por la espalda los hijos de la muerte,
vomitan en mi oído su alimento,
quieren seguir, quieren que los transporte
porque no tienen piernas
y han de agarrarse a quien los disemine.

Ahora llevo estos fardos sin saber hasta dónde,
ni para qué, ni importa
qué cuerpo elegirán para apearse.

Se afilan los extremos de las sombras.
El tiempo juega ahora con barajas marcadas.
Me empuja hacia los cuerpos que dejan en la calle
los rastros luminosos de su urgente existencia.

El amor, si algún día lo hizo, ya no salva.

Cierro los ojos. Veo
que el verbo se hizo carne
y que se pudre en todos.